Libertad, para qué
Por Pablo Tovar
AC/DC – Aprender, Compartir, Disfrutar y Contribuir
Vuelvo de una semana en Lanzarote. He pasado seis días en la Universidad de Verano de la Universidad de las Hespérides, escuchando de la mañana a la noche a filósofos, historiadores, juristas y economistas hablar de la libertad. De sus enemigos, de sus instituciones, de sus formas de defenderla. De las maneras, unas ingeniosas y otras brutales, con las que el poder ha intentado cercarla a lo largo de la historia.
Salí convencido de una cosa y reforzado en otra. Convencido de que el liberalismo ha ganado una discusión decisiva. Reforzado en el sentido que tiene la Escuela de Eudemonía. Precisamente porque aquella discusión se ha ganado, ahora toca hacerse la pregunta que viene después. Y esa pregunta apenas se estaba haciendo.
Cuento primero una anécdota, porque atraviesa toda esta epístola. En el otoño de 1920, Fernando de los Ríos, socialista español, viajó a Moscú con encargo del PSOE de valorar si el partido se sumaba a la Tercera Internacional. Se reunió con Lenin. Le habló de la ausencia de libertades bajo el nuevo régimen bolchevique. Y Lenin le respondió, según recogió el propio Fernando de los Ríos en el libro que escribió al volver, con una pregunta corta: “Libertad, ¿para qué?”.
Fernando de los Ríos regresó con esa pregunta clavada. El PSOE rechazó adherirse. Aquella pregunta cambió la historia del socialismo español. Y ha llegado hasta nosotros como advertencia sobre lo que hacen los totalitarios: usar la libertad como si fuera un instrumento al servicio de una vida correcta previamente decidida por otros.
Yo me atrevo hoy a recuperar esa pregunta con el sentido contrario. No para justificar ningún régimen, sino para tomarla en serio como pregunta interna del propio liberalismo. Porque si a Lenin le sirvió para negar la libertad, quizá a nosotros nos sirva para completarla.
La libertad responde con precisión quién debe elegir cómo vivir una vida. La respuesta es sencilla y exigente: cada persona. No el Estado, no una iglesia obligatoria, no una mayoría moral, no un experto con bata, no un comité de sabios empeñado en protegernos de nosotros mismos. Cada uno debe poder ser autor de su propia biografía. Esta batalla la ganamos con esfuerzo. Con generaciones peleando por ello. Con leyes, con instituciones. Yo no la devuelvo y debemos seguir en guardia, por cierto.
Pero cuando esa batalla está ganada, y me refiero a la mayoría de las sociedades occidentales, aparece la siguiente: qué merece ser elegido. Tener derecho a decidir no nos da, por sí solo, criterio para hacerlo. La libertad protege la posibilidad de una vida buena. No entrega su contenido. Y una sociedad puede multiplicar sus opciones al mismo tiempo que empobrece el juicio con el que se eligen.
Vivimos rodeados de herramientas. Nunca hubo tanta información, tanta movilidad, tantos cursos, tantos consejos, tantos productos y tantas maneras de rediseñar una existencia. Para el cómo tenemos toda una industria. Para el para qué, como mucho una biblioteca cada vez más distante. Sabemos fabricar una vida con una eficacia admirable. A veces hemos olvidado cómo leerla.
Llevo veinticinco años acompañando a personas brillantes, preparadas, capaces de conseguir casi todo lo que se proponen. Y he visto una paradoja repetirse. Alguien puede aprender a dirigir una empresa, a interpretar un balance, a gobernar un equipo, a construir una carrera. Y llegar a los cincuenta sintiendo que su vida no encaja con la vida que quería vivir. A veces no es ni siquiera una crisis. Es un anhelo íntimo. Y quien lo siente casi nunca se atreve a compartirlo, porque no quiere parecer desagradecido con lo que tiene.
Con frecuencia, nos preparamos durante veinte años para ganarnos la vida. Y dedicamos poco tiempo a aprender a vivirla. La vida buena, la que Aristóteles llamaba eudemonía, no es un estado de ánimo ni un premio final. Es una actividad que se hace cada mañana. Un oficio.
Y un oficio no se aprende improvisando. Un oficio se aprende con práctica, con corrección, con compañía, con tiempo. Durante siglos ese oficio se transmitió en la familia extensa, en la comunidad, en el trabajo compartido, en la parroquia, en la tradición. No idealizo aquel mundo. Muchos de sus maestros merecían ser despedidos. Confundían transmisión con obediencia, pertenencia con encierro, orientación con dominio. La emancipación liberal corrigió injusticias reales.
Pero produjo también un efecto no buscado. Conquistamos el derecho a decidir nuestra vida al mismo tiempo que desmantelamos los lugares donde se aprendía a decidirla. La libertad nos hizo aprendices de un oficio cuyos maestros habíamos despedido.
La solución no está en volver a contratarlos con autoridad obligatoria. Tampoco en crear un Ministerio de la Buena Vida, que sería una contradicción con presupuesto. La solución está en reconstruir, dentro de la sociedad civil, espacios voluntarios donde distintas generaciones puedan comparar tradiciones, examinar decisiones, aprender a conversar, formar criterio, sin que nadie se arrogue el derecho a fijar una vida correcta.
Tocqueville lo dijo quizá antes que nadie: en las democracias, el arte de asociarse es la ciencia madre. La asociación libre enseña algo que la ley no puede decretar. El oficio de actuar con otros sin dejar de ser uno mismo. Necesitamos lugares así para el oficio de vivir. Suficientemente sólidos para enseñar. Suficientemente humildes para no tratar de apropiarse del alumno.
Eso es lo que estamos intentando construir con la Escuela de Eudemonía. No ofrecemos respuestas prefabricadas ni doctrina cerrada. Proponemos un método y buena compañía para leer, conversar, practicar, decidir, revisar, aprender de vidas distintas de la propia. Nuestra Escuela no te dice cómo vivir. Te ofrece un lugar donde puedas aprender a hacerlo mejor que solo.
Porque la libertad sigue siendo el punto de partida irrenunciable. Y porque la mejor manera de honrarla no es repetir su nombre, sino ayudar a que se use con discernimiento. La autonomía sin aprendizaje corre el riesgo de convertirse en abandono. La tutela sin libertad convierte la orientación en obediencia. Entre las dos hay un territorio civil que merece ser reconstruido.
Te devuelvo, por tanto, la pregunta que me acompañó toda la semana en Lanzarote: ¿podemos aprender el oficio de vivir sin que nadie pretenda decidir por nosotros? Yo creo que sí. Y creo que hace falta que alguien construya las instituciones que lo hagan posible. Aunque sean pequeñas. Aunque sean voluntarias. Aunque las hagamos entre pocos.
En eso estamos.
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🎙 Lección #11 → 3 de agosto. Juntos llevamos el fuego.
Hay momentos en los que el mundo parece empujarnos hacia el ruido, la prisa y la desconexión. En medio de ese escenario, resulta fácil olvidar lo que de verdad nos sostiene. Pero quizá la pregunta no sea qué está pasando ahí fuera, sino qué estás haciendo tú para que no se apague lo que llevas dentro.
Esta lección nace del emocionante cierre del primer Encuentro Anual de la Escuela de Eudemonía. A partir de una poderosa metáfora, Pablo reflexiona sobre ese «fuego» que todos llevamos: nuestra humanidad, nuestros valores, el propósito que nos orienta y la importancia de rodearnos de personas que también cuidan el suyo.
Si sientes que necesitas volver a lo esencial, recuperar dirección en medio del ruido o recordar qué merece realmente la pena cuidar, esta lección es para ti. Porque el fuego no se mantiene vivo por casualidad. Se alimenta, se protege… y, sobre todo, se comparte.
Destacado
🐣🌿 2º Retiro Mindfulness EDE · 18 al 20 de septiembre
Del 18 al 20 de septiembre nos reuniremos en Salesianos El Encinar (Guadalajara) para dedicar un fin de semana a la atención consciente, el silencio y el encuentro con otros eudemónicos.
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